Monday, March 20, 2006

El nuevo becerro de oro / The New Golden Calf

בס״ד

Cuando Moshé Rabenu estaba en el monte Sinaí, los hijos de Israel empezaron a dudar. Moshé estaba lejos, en la cima de la montaña. El midrash nos dice que estaba, espiritualmente, en el Cielo. Habían pasado varios días. Según un cálculo erróneo el lapso de cuarenta días en los que Moshé debía volver ya se había cumplido. “¡Moshé está muerto!”, gritaron algunos. “¡Moshé aun vive!”, respondieron los aun fieles y entusiastas. Pero los pesimistas, dejándose llevar por la mala inclinación, ganaron el debate. El pueblo realizó una ceremonia funeral por Moshé Rabenu.

El “erev rav”, la minoría de egipcios que se habían infiltrado en el seno del pueblo de Israel a la hora del Éxodo, influenció al pueblo para empezar un movimiento por un nuevo líder. Uno fácil de controlar. Un Becerro de Oro.

Aarón ha Kohén fue obligado a recolectar oro de entre las hijas de Israel. Arrojó luego el oro recolectado al fuego, y de allí salió el becerro de oro. Un ídolo de material precioso pero maleable, fácil de controlar. Causante de la primera desgracia del 17 de Tamuz: la destrucción de las primeras Tablas de la Ley. Siglos más tarde este sería el día del comienzo de la destrucción del Templo, y hasta hoy es un día de duelo y ayuno para el pueblo judío.

Tenemos hoy un nuevo becerro de oro. Lo llamamos con nombre griego, le decimos “Democracia”. Lo tildamos de “la Fuerza de la Ley”. Es un ídolo maleable. Creado con material precioso: el liderazgo del pueblo. Un ídolo fácil de controlar. Un ídolo impuesto por un erev rav al cual no le importa realmente el pueblo judío. Un ídolo al servicio de intereses extraños. Un ídolo copiado del olimpo pagano de las Naciones Unidas.

A este ídolo se le adora embriagado, drogado, con los ojos cerrados y los oídos tapados. Para este ídolo el dolor de nuestros hijos no importa, ni siquiera existe. Este ídolo nos promete una paz alucinada. Pero él mismo sabe que promete lo imposible. ¿A qué nos conduce, realmente, este culto pagano?

El Estado que pedía un millón de olim no es capaz de proveer a la mitad de sus ocho mil refugiados internos, artificialmente creados, con un hogar propio. Y nos anuncia ahora sus siniestros planes para desahuciar a ochenta mil más de nuestro hermanos. Y después seguirán más. En los próximos cuatro años, un cuarto de millón quedaría sin hogar. Todo por el pecado imperdonable de vivir en la sagrada tierra de Avraham, Itzjak y Iaakov. La Tierra Prometida vista por Moshé en los últimos momentos de su vida, desde una montaña en la Transjordania. La tierra reclamada por Iehoshúa Bin Nun, por David HaMélej y su hijo Shlomó, por Ezra HaSofer y Nejemiahu. La tierra liberada por los valientes makabim. La tierra con la que nuestros ancestros, por DOS MIL AÑOS, no dejaron NUNCA en lo más profundo del corazón, aun cuando se encontraban dispersos por los cuatro extremos de la tierra, oprimidos por el yugo de los gentiles, perseguidos hasta el genocidio perpetrado por los hijos de Amalek.

¿Y que paz nos ofrece? Una paz donde los judíos vivirían dentro de “las fronteras de Auschwitz” donde los ejércitos pararon, accidentalmente, a la víspera del transitorio armisticio de 1949. Una paz en al que nuestro más acérrimos enemigos ocuparían el seno de nuestra tierra, y desde la cual amenazarían constantemente Ierushalaim, Tel Aviv, Hertzlía, Netania, Haifa… Una paz en la que los jóvenes soldados seguirían muriendo, sin tener a donde alojarse en las inmediaciones de peligrosísimas operaciones en Ramalá y Tulkarem. Una paz en la que peregrinos judíos no podrían nunca jamás rezar junto a la tumba de la Matriarca Rajel, ni la de los padres de nuestro pueblo, Avraham, Itzjak y Iaakov. Una paz en la que las colinas de Judea se secarían sin tener quien las irrigue…

El culto idólatra nos quiere hacer creer que podemos “castigar” a los asesinos de Rejavam Zeevi, sin honrar la verdad de su legado. ¡Las sangrientas manos que lo mataron darán gestos de victoria desde los barrotes de la celda de una prisión, con el triunfo de haber matado al pájaro y de haberle robado lo volado! El culto idolatra nos exigirá el ver a miles de jóvenes abusados, brutalizados, violados, y encima se les cargará con el yugo del castigo por atreverse a defender el sagrado suelo santo. Ese culto no pide ya olvidar los horrores de Amona, y que en el exterior los judíos del mundo guardemos el más sepulcral de los silencios frente a la tragedia de nuestra propia carne y sangre.

Pueblo de Israel, Pueblo Elegido, abandona el culto del nuevo eguel hazahav, no sigas más a los hijos del erev rav en nuestro seno. Expulsa a los ilegítimos invasores de toda nuestra tierra, no sea que se sigan tornando en espinas en nuestros ojos, cegándonos, volviéndonos presas de los chacales de las tinieblas. Por amor a nuestros hijos, y los hijos de sus hijos, garantes eternos del Pacto del Sinaí, no abandones la tierra sagrada que hoy yace bajo tus pies.

Y sea que nos llegue pronto la verdadera paz, en la que por fin se tornen las espadas en arados, no se levante más nación contra nación, si se entrenen más para la guerra.
* * *
When Moshe Rabbenu was in Mount Sinai, the children of Israel begun to doubt. Moshe was far away, up the mount. The Midrash tells us that he was, spiritually speaking, up in the Heavens. Several days had passed. According to an erroneous calculation the period of forty days, in which Moshe was supposed to return, was already expired. “Moshe is dead!” screamed some. “Moshe is still alive!” replied the still faithful, enthusiastic ones. But those more pessimistic, letting themselves to be taken over but the evil inclination, won the debate. The people made a funeral ceremony for Moshe Rabbenu.

The “eirev rav”, the Egyptian minority that had infiltrated the midst of the Jewish people at the moment of the Exodus, influenced the people in order to start a movement for a new leader. One easy to control. A Golden Calf.

Aaron HaKohen was forced to collect gold from among the daughters of Israel. He then threw the collected gold into a fire, and from there came out a golden calf. It was an idol of precious but malleable metal, easy to control. It was the cause of the first misfortune of the 17 of Tamuz: the destruction of the first set of the Tablets of the Law. Centuries later it would be the beginning of the destruction of the Temple, and it is today a day of fast and mourning for the Jewish people.

We have today a new golden calf. We call it with a Greek name, “democracy”. We nickname it “the Power of Law”. It is a malleable idol. It was created with a precious material: the leadership of the people. It is an easily controlled idol. An idol imposed by an eirev rav who does not really care about the Jewish People. An idol at the service of foreign interests. An idol copied from the heathen’s Olympus of the United Nations.

This idol is worshiped when one is intoxicated, with the eyes shut and the ears plugged. For this idol, the pain of our children does not matter, it doesn’t even exist. This idol promises a hallucinated peace. But it knows that the promise is impossible. Where is this pagan cult really leading us into?

The very same State that asked for a million of new olim is incapable of providing half of her artificially created internal refugees a home of their own. And now announces its sinister plans to oust eighty thousand of our brethren from their homes. Later, more shall follow. Within the next four years, a quarter of a million will be rendered homeless. All for the unforgivable sin of dwelling on the sacred land of Avraham, Yitzchak and Yaakov. It is the Promised Land, the land gazed at by Moshe in the last moments of his life, from a mountain in Tran Jordan. It is the land claimed by Yehoshua Bin Nun, by David HaMelech, and his son Shlomo; by Ezra HaSofer and Nehemiah. It is the land liberated by the courageous Makabim. It is the land that our ancestors, during TWO THOUSAND YEARS, didn’t let go EVER from the innermost depths of their hearts. Even when they found themselves dispersed through the four corners of the Earth, oppressed by the yoke of the gentiles, persecuted even to the genocide perpetrated by the children of Amalek.


And what peace are we offered? A peace where the Jews would live inside the “borders of Auschwitz” where the armies stopped, by mere accident, on the eve of the Armistice of 1949. A peace in which our most pungent enemies would occupy the heart of our land, and from there they would constantly threaten Yerushalayim, Tel Aviv, Hetzlyiah, Netania, Haifa… A peace in which young soldiers would continue to die, having no place to lodge during their extremely dangerous operations in Ramallah and Tulkarem. A peace in which Jewish pilgrims would never again be able to pray at the gravesite of Rachel the Matriarch, nor at the resting place of the Fathers of our people: Avraham, Yitzchak and Yaakov. A peace in which the hills of Judea would run dry, not having anyone to water them…

The idolatrous cult would have us relieve that we can “punish” the murderers of Rechavam Ze’evi, without honoring the truth of his legacy. The bloody hands that killed him will gesture victory from their prison cells, knowing that they killed the bird and stole away his flying too! The idolatrous cult will demand that we contemplated in silence as thousands of our youths are abused, brutalized, raped, and on top of that charged with the yoke of punishment for having dared to defend the sacred soil. This cult of heathens asks from us, already, to forget the horrors of Amona, and that the overseas Jews must keep the deadliest of silences before the tragedy on our own flesh and blood.

People of Israel, Chosen People, abandon the cult of this new eigel hazahav, and do not follow anymore the children of the eirev rav in our midst. Expel the truly illegitimate occupiers of our land, least they become thorns in our eyes, blinding us, turning us into sitting ducks for the jackals of darkness. For the love of your children, and of your children’s children, the eternal warrantors of the Covenant of Sinai, do not abandon the holy land that lies under your feet.

May it be that soon we arrive to the true peace, in which the swords turn into plowshares, no nation rise against nation anymore, and they learn war never again.

Sunday, March 05, 2006

Arutz Sheva: AMONA VIDEO

This video is a MUST SEE / Este video es OBLIGATORIO

http://msmedia.a7.org/arutz7/eng-video/06/mar/perm/amona-arutz7.wmv

© 2006 by Arutz Sheva / Israel National News

Amona: El Álamo de Judea y Samaria

בס״ד
Remember the Alamo!, ¡Recordad El Álamo! Gritaban los patriotas tejanos allá por 1835 Por diez años el territorio de Texas, en medio de una disputa territorial entre los Estados Unidos y México, declaró su independencia y se tornó en la República de Texas.

Los independentistas tejanos perdieron una batalla clave, que les permitió ganar la guerra: la Batalla del Álamo. Pocos defensores, mal armados y con poco en común fuera de su deseo de luchar por la independencia tejana, hicieron frente a tropas mexicanas atrincherados dentro del edificio de una vieja misión rural. Perdieron catastróficamente, resultando masacrados por los mexicanos. Pero las noticias de la masacre llevaron a la población de Texas a levantarse en armas contra las fuerzas del tirano Santa Ana.

Remember the Alamo! Remember the Alamo! Antes de darse cuenta, Santa Ana había perdido la guerra. Aunque nunca aceptó haber perdido frente a un conglomerado de civiles sin ejército. Recién en 1845, cuando los EEUU oficialmente incorporaron el territorio de Texas, México reconoció el haber perdido el territorio.

Guardando todas las distancias en historia y contexto – o dicho de manera más judía: lehavdil mea havdalot – Israel acaba de vivir su Álamo. Para los pobladores judíos de Judea y Samaria, Amona ha sido el nuevo Álamo. Habiendo perdido Gush Katif y cuatro comunidades en el extremo norte de Samaria, los habitantes de Yesha – los territorios liberados por Israel en 1967 pero todavía no integrados completamente – se habían preparado a lanzar una campaña de resistencia que evitara rendir más territorio sagrado judío a las manos criminales de Hamás y la OLP.

La experiencia en el sistema legal de Israel con las casas del Shuk de Hebrón había demostrado lo inútil de tratar de pelear las cosas por la vía legal: aun teniendo documentos en mano demostrando la potestad jurídica judía sobre terreno del Shuk y la autorización explícita de los dueños legítimos del terreno, los residentes judíos habían sido desalojados violentamente por la policía israelí. El sistema legal es inútil cuando el gobierno transgrede sus límites democráticos y ordena proceder según sus peligrosísimos caprichos.

Nueve casas en la comunidad de Amona fueron declaradas ilegales por una corte legal que servía de títere al gobierno de Olmert, en vez de usar su imparcialidad y autonomía. Miles de edificaciones ocupadas por árabes se encuentras a lo largo y ancho de Yesha, carecen de permisos legales, pero Israel raramente hace algo al respecto, esperando a que de alguna de ellas salga un terrorista y efectúe un acto de agresión criminal. Recién entonces se da órdenes de desalojo y demolición. Pero cuando se trata de viviendas judías, de pronto, se procede de manera diferente.

El primero de Febrero del 2006 la juventud activa en preservar Eretz Israel en manos judías, mejor conocida como el Movimiento Naranja, acudió solidariamente a la zona de Amona amenazada con el desalojo y demolición. Era una movida solidaria, y se esperaba que fuese simplemente una protesta que dejara claro que el pueblo judío no dejará tan fácilmente rendir partes de Eretz Israel que con tan alto costo habían sido liberadas, y con tanto heroísmo habían sido redimidas. Para el régimen de Ehud Olmert, sin embargo, era una oportunidad de demostrarle a esos “delincuentes naranjas” quien manda en Israel.

La ley israelí provee el derecho de la policía a usar “fuerza razonable” para hacer cumplir el mandato de la ley. Dado que se contaba con una orden judicial – dejemos de lado por ahora la validez de tal orden – se envió fuerzas policiales enormes. Hubo escaramuzas entre algunos activistas judíos y la policía israelí aun antes del amanecer, y el ingreso a Amona fue clausurado por el ejército israelí. Órdenes secretas fueron preparadas prohibiendo el ingreso de ambulancias del Maguén David Adom hasta después de haber derramado una buena cantidad de sangre. Los jóvenes naranjas, apoyados por gentes adulta e incluso por tres miembros de la Kneset, ingresaron a Amona por la “Ruta de Birmania”, un sendero que cruzaba por una aldea árabe adyacente. Milagrosamente no hubo heridos, ni agredidos, y la población árabe local no les cerró el paso.

Al amanecer las nueve casas de la nueva urbanización en Amona estaban repletas de jóvenes atrincherados, sin armas, dispuestos a resistir pasivamente. Había gente en los techos de las casas, y grafiti y letreros en los muros anunciaban claramente el reclamo de la potestad judía y el derecho de vivir en Eretz Israel, en TODA Eretz Israel. Una joven quinceañera escribió con pintura roja en una roca adyacente: “El gobierno verdadero es el de Di-s”. La autoridad abusiva de Olmert no era reconocida.

Una familia de Amona, residente ya en una de las casas, esperaba repetir las imágenes de Gush Katif, y ser desalojados contra su voluntad, pero sin peleas. Solo deseaban hacer saber su oposición al mandato del gobierno. Aun creían en un vestigio de democracia. ¡Que ingenuos!

Desde el tejado de una de las casas un joven barbudo cantaba con su guitarra una canción hebrea como los jalutzim – pioneros – cantaban en los mil novecientos veintes. De pronto aparecieron por doquier guardias en todo el trajecito que se usa cuando se va a romper manifestaciones violentas: escudos, pesadas barras de madera dura, cascos y viseras. Detrás venía un camión que dispara agua a presión…

Una multitud formaba círculos alrededor de las casas, cruzando los brazos el uno con el otro en cadena. Otros se acercaron valientemente a la policía para discutir. No hubo discusión, empezaron los golpes. Desde los techos jóvenes empezaron a gritar eslóganes. Un miembro de la Kneset, contando con la inmunidad parlamentaria que provee la ley, se dirigió a la policía. No se le respetó, y un golpe de palo le fracturó un brazo. Otro miembro de la Kneset se paró sobre el camión de agua a presión. Se le empujó violentamente. El tercer miembro de la Kneset fue víctima de la agresión de un jinete de la policía. Fue allí donde la protesta pasó a ser, más bien, un pogrom. Centenares de efectivos de la policía montada se mandaron, a todo galope, a golpear sin piedad a los manifestantes. Todas las barreras de resistencia fueron rotas instantáneamente. Los manifestantes formaron una trinchera de llantas, les prendieron fuego, y saltaron al frente, esperando detener el avance de la policía. La golpiza fue atroz. En un par de minutos no había ya resistencia. En su lugar, ahora había heridos por doquier. Miembros de la Maguén David Adom – que por ley poseen el derecho de pasar por todo bloqueo de rutas y entrar a cualquier lugar donde se les necesite – fueron agredidos por la policía para evitar que vinieran a recoger a los heridos. Aun cuando se informaba de la desesperada necesidad de asistencia médica, el ejército insistió en clausurar el ingreso de ambulancias.

La policía rompió puertas y ventanas e ingresó a las casas a golpear brutalmente a los jóvenes, que ya habían convenido a sentarse pacíficamente, esperando ser simplemente arrastrados afuera. Bulldozers llevaron a grupos de policías a los tejados de las casas a golpear violentamente a los manifestantes, sin permitirles rendirse ni huir. Heridos, muchos inconscientes, fueron recién traídos abajo por escaleras o en las palas de los bulldozers.

Siendo los jóvenes naranjas mayoritariamente observantes de la religión judía, los atrincherados en las casas estaban divididos por género: había casas con varones y casas con hembras. La policía golpeó brutalmente a los jóvenes sin piedad ni distinción, pero con las mujeres hubo aun mayor agravio. Hombres con el poder de brutalizar por encima – o en ausencia – de la ley. Hombres brutos, sin temor de Di-s, con el poder de un gobierno corrupto y abusivo. Jóvenes adolescentes indefensas, presentes solo con la ingenuidad de la fe y el idealismo de la juventud. La fantástica oportunidad de estar dentro de cuatro paredes donde no había cámaras para grabar la evidencia de lo que pudiese pasar…

Una mujer mayor de edad podría, por lo menos, contar con la madurez para devolver golpes y empujar al atacante. Estas eran jóvenes, muy jóvenes. Catorce, quince, diez y seis años de edad. Brutalizadas a golpes. Víctimas fáciles. ¡Que fácil era agarrarlas y tocarlas en cualquier parte! A una de ellas le levantaron la falda y le rompieron la ropa interior. Le introdujeron un palo tan adentro que la hicieron sangrar profusamente. Le gritaron: “¡Ustedes las religiosas tienen hijos como conejos! ¡No queremos que tengan más hijos!” La joven, cuyo nombre no ha sido revelado al público por súplicas de su madre, quedó infértil. ¡Solo tiene quince años! A las demás se les gritó: “Fuera, putas” y se les empujó por la ventana. Sin cargos de conciencia, se les siguió golpeando afuera, donde las cámaras captaron imágenes de la brutalidad, y notoriamente la sangre en el garrote de un policía que el gobierno aun se rehúsa a identificar.

Los hogares de nueve familias judías en Amona fueron destruidos. Cuando el día acabó, los policías volvieron tranquilamente a sus casas. Ehud Olmert, premier interino, pidió silencio, y lanzó a la prensa una versión de la historia ya preparada antes de los acontecimientos. Según la versión oficial, solo hubo una “confrontación entre colonos y policías”. Según la versión oficial, los “colonos agredieron a la policía con piedras y pedazos de concreto” y “fue necesario traer centenares de efectivos policiales para esparcirlos y llevar a cabo las órdenes de demolición”. Olmert declaró frente a sesión plenaria de la Kneset, que “no hubo ningún abuso por parte de la policía” y que “el pedido de tres [víctimas] miembros de la Kneset es solo una movida política con vistas de propaganda electoral”. En castellano diríamos “acá no pasó nada”. La Kneset votó masivamente en vetar a Olmert, y empezar inmediatamente una comisión investigadora.
Aun mientras el asunto está siendo revisado, Olmert continua con su política de discriminación abusiva contra los pobladores judíos de Yesha. Por lo menos dos desalojos mayores han ocurrido entre el pogrom de Amona y el momento de escribir estas líneas. En el primer caso el desalojo fue realizado al amanecer, sin aviso previo. En el segundo caso, además ser de sorpresa, el desalojo fue ordenado in situ, quince minutos antes de Shabat. ¡Los residentes, judíos observantes, fueron obligados a violar el sagrado Shabat para cumplir con los caprichos de Olmert! Claro que en Shabat no hubo camarógrafos creando evidencia de las vergüenzas que la policía podía cometer. Pero de manera más patética: los desalojos ya no son llevados a cabo con orden judicial. Simplemente los residentes son ordenados a salir, y la policía se encarga de empacar las pertenencias.

Olmert se siente el gran héroe, el muy macho. Tiene el poder de quitarle el dulce a un niño, y le gusta usarlo. No le importa a quien le pertenece la tierra de Israel, o si los terrenos desalojados acabarán en manos de Hamás. Espera ganar las elecciones con su nueva imagen.

Electorado israelí: A la hora de votar, ¡recordad Amona!

Amona, the Alamo of Judea and Samaria

בס״ד
Remember the Alamo! Such was the battle cry of the Texan patriots back in 1835. For ten years the territory of Texas, locked in the middle of a territorial dispute between the United States and Mexico, declared its independence and became the Republic of Texas.

The fighters for Texas’ independence lost a key battle which led them to win the war: the Battle of the Alamo. Few defenders, poorly armed, and with little at all in common besides their desire to fight for Texan freedom, confronted the Mexican army while entrenched inside the building of an old rural mission house. They lost catastrophically, ending up being massacred by the Mexicans. But the news of the massacre led the Texan population into an armed uprising against the forces of the Tyrant Santa Anna.

Remember the Alamo! Remember the Alamo! Before he could realize it, Santa Anna had lost the war; even though he never accepted defeat before a bunch of civilians who did not even count as a regular army. It was only in 1845 that, once the USA officially annexed the territory of Texas, that Mexico recognized having lost it.

With respect to all distances in history and context – or said in a more Jewish way: lehavdil mea havdalot – Israel has just had her own Alamo. For the Jewish dwellers of Judea and Samaria, Amona has become their own Alamo. Having lost Gush Katif and the four northernmost communities in Samaria, the residents of Yesha – the territories liberated by Israel en 1967 but not yet integrated into the State proper – were prepared to launch a resistance campaign that would prevent further surrender of the most sacred Jewish land into the criminal hands of Hamas and the PLO.

Experience through Israel’s legal system with the case of the homes build in Hebron’s Shuk showed how useless is to attempt a struggle through the avenues of law. Even when holding documents proving the legal Jewish entitlement to the Shuk’s land, as well as the explicit authorization by the lawful owner of the land, the Jewish residents had been violently ousted from their homes by Israeli police. The legal system is rendered useless when the government transgresses its democratic limits and orders to proceed in accordance to its extremely dangerous whim.

Nine houses in the Jewish community of Amona were declared illegal by an Israeli kangaroo court that, in fact, served as a puppet for Olmert’s government instead of using impartiality and autonomy. Thousands of buildings occupied by Arabs lack legal permits. Yet, Israel seldom does anything about it. Rather, it waits for a terrorist to come forth from one of them and commit an act of criminal aggression. Only then are orders of evacuation and demolition issued. But when it is about Jewish homes, the procedure is quite different.

The first of February of 2006 the youth active in the preservation of Eretz Israel in Jewish hands, known as the Orange Movement, come up in massive solidarity to the area of Amona threatened with expulsion and demolition. It was a move of support, and it was expected to simply be a protest which would make it clear that the Jewish people shall not easily surrender parts of Eretz Israel that had been liberated at such a high cost, and which with so much heroism had been redeemed. But for the regime of Ehud Olmert, instead, this was an opportunity to show those “orange outlaws” who’s boss in Israel.

Israeli law provides the police with right to use “reasonable force” to enforce the rule of law. Given that there was a court order – let us put aside for now the validity of such order – huge police forces were sent. There were skirmishes between some Jewish activists and Israeli police before dawn, and the road access to Amona had been closed by the Israeli Army. Secret orders were issued forbidding the Magen David Adom (Red Star of David) ambulances to enter until after a good deal of Jewish blood had been spilled. The Orange Youth, accompanied by grown ups and even three Members of Knesset, reached Amona through a “Burma Road”, a path crossing a nearby Arab village. Miraculously, there were no casualties, no body was attacked, and the local Arab population did not close them the pass.

At dawn the nine new houses of Amona’s new urban sprawl were filled to capacity with entrenched youth, unarmed, willing to resist passively. There were people in the rooftops of the houses, and graffiti and hanged signs announced clearly the claim of Jewish possession of, and the right to live in, ALL of Eretz Israel. A fifteen-year-old girl wrote with red paint in a near-by rock: “The true rule is that of G-d”. Olmert’s abusive authority was not recognized.

A family in Amona, already living in one of the homes, hoped to repeat the images of Gush Katif, and expected to be taken of their home against their will, but without a fight. They only wished to make known their opposition to the government. They still believed in a remnant of democracy. How naïve of them!

From the rooftop of one of the houses a bearded young man sang with his guitar a Hebrew song, as the halutzim – early pioneers – used to sing back in the nineteen twenties. Suddenly, police appeared every where with full battle gear, as it is used to break violent protests: full body shield, heavy hard wooden sticks, steal helmets and transparent face guards. Behind them there was a water-cannon vehicle…

A multitude of protestors encircled the houses, crossing arms with one another forming ring chains. Others courageously approached the police to argue. But there was no argument, the beating started. From the rooftops the youngsters started to yell slogans. A Member of Knesset, backed by the parliamentary immunity that the Law provides, addressed the police. He was not respected, and the strike of a policeman’s held stick fractured his arm. Another Member of Knesset stood on a vehicle. He was pushed violently. The third Member of Knesset was a victim of the aggression of a police horseman. It was then that the protest turn, rather, into a pogrom. Hundreds of mounted policemen came on at full gallop, to beat up protestors mercilessly. All the barriers of resistance were instantly broken. The protestors made a line of burning tires, and jumped in front of it, hoping to stop the police advance. The beating was atrocious. In a couple of minutes there was no more resistance on the ground. In its place, there were now injured people everywhere. Members of the Magen David Adom – who by law possess the right to pass through all roadblocks and to enter wherever they are needed – were attacked by police to prevent them from picking up the injured. Even as they were informed of the desperate need for medical assistance, the army insisted in preventing the entrance of ambulance.

The police broke through doors and windows and entered the houses to brutally beat the youths, who had agreed to sit peacefully, expecting to be simply hauled out. Bulldozers brought groups of policemen to the rooftops of the houses, to violently beat up protestors, not allowing them to surrender or to flee. Injured, many of them unconscious, they were finally brought down the lathers, or in bulldozer’s scoops.

Being most orange youths religiously observant, the entrenched youngsters were divided by gender: there were houses occupied by males, and houses occupied by females. The police brutally beat the youngsters mercilessly and without difference. But with the young women there was even greater aggravation. Men with the power to brutalize above – or in absence – of the Law. Brute men, with no fear of G-d, empowered by a corrupt and abusive government. Defenseless teenage girls, present there only by the innocence of faith and youthful idealism. A fantastic opportunity to be inside four walls were no cameras were recording what could happen…

An older woman could have, at least, counted with the strength of age to return a punch or to push away an attacker. These were very young girls. Fourteen, fifteen and sixteen years of age. Brutalized through beating. Easy victims. How easy was to grab them and touch them anywhere! They lifted the skirt of one of them and torn her underwear. They pushed a long wooden stick so far so far inside her that made her bleed profusely. They yelled at her: “You the religious are having children like rabbits! We want to make sure you have no more children!” The girl, whose name has not been revealed respecting her mother’s pleadings, was left barren. She was only fifteen! The girls were there ordered through yelling: “Get out, whores!” and were then thrown out. Without any charge of conscience they were further beating outside, where the lenses of cameras captured images of brutality, and notoriously the blood in the stick of a police officer whom the government still refuses to identify.

The homes of nine Jewish families in Amona were destroyed. When the day was over, the policemen returned home untroubled. Ehud Olmert, the acting Prime Minister, asked for silence, y launched a press release with a version of the story already prepared before the events actually took place. According to the official version, there was merely a “confrontation between the settlers and the police”. According to the official version, the “settlers attacked the police with stones and blocks of cement” and “it was necessary to bring hundreds of police officers to carry on with the orders of demolition.” Olmert claimed, before a full Knesset session, that “there were no abuses on the police’s side” and that “the request of three Members of Knesset is only a political move, intended as electoral propaganda.” We’d read “nothing happened here.” The Knesset voted by a landslide to veto Olmert, and to start immediately with an investigative committee.

Even as the issue is being reviewed, Olmert goes on with his policy of abusive discrimination against the Jewish residents of Yesha. At least two major residential expulsions have taken place between the Amona pogrom and the hour of writing these lines. In the first case, the expulsion took place at dawn, without prior notice. In the second, the expulsion was ordered on the spot, fifteen minutes before Shabbos. The Jewish residents, observant Jews, were forced to violate the sacred Sabbath in order to fulfill Olmert’s whim! Of course, in the Sabbath there were no cameramen recording evidence of what shameful acts the police could commit. But even more pathetically: the forced evictions are being carried about without court orders. The residents are simply ordered out, and the police would then take care of packing up the belongings.

Olmert feels that he is a great hero, such a macho. He has the power to jerk the candy from a child, and he likes using it. It does not matter to him to whom does the land of Israel belong, or if the land from which Jews have been evicted will end up in the hands of Hamas. He hopes to win the elections with his new image.

Israeli electorate: at the time of voting, remember Amona!